La Alegría de Vivir

Enviado por mfg el Vie, 06/12/2019 - 16:30

La Alegría de Vivir

por Alonso Fernández González

La escultura "La Alegría de Vivir" refleja una actitud per­manentemente positiva hacia la vida, no sólo en ciertos periodos de disfrute, sino una forma de enfocar la existencia día tras día. Desde muy joven he sufrido limitaciones físicas a con­ secuencia de una caída en la escuela primaria. La época de la adolescencia fue particularmente difícil, pues pasé largos y penosos años durante los que sencillamente no podía realizar las actividades básicas de personas de mi edad y condición social. Naturalmente, esta circunstan­cia causó serios complejos de inferioridad que fueron muy difíciles de superar. Sin embargo, Dios me ayudó y pude estudiar cargando un pesado aparato de yeso que me impedía caminar o sentarme, y que tenía que tolerar acostado o parado con gran incomodidad y en ocasiones con dolores intensos. Con restricciones pude regresar a la escuela después de varios años. El retorno a la escuela fue duro pues tuve que llevar un corsé metálico bastante incómodo. Por fortuna pude ser un buen estudiante, dedica­do a la meditación ya la lectura de libros serios, adecuados para mi temprana edad y escasos conocimientos. Recuerdo con cariño varios libros de Julio Verne y Arthur Conan Doyle que enriquecieron mi vida, abriendo otras perspectivas a mi restringido horizonte intelectual y emocional.

En la escuela empecé a hacer figuritas, tallando un gis para darle forma. Obtener el material era sencillo porque hurtaba los pedazos de gis que quedaban después de la clase y que nadie quería. Por supuesto, las formas que hacía eran muy limitadas dado el pequeño tamaño del gis, pero sentí satisfacción al lograr figuritas que me pa­recían bonitas. Más adelante, asistí a un taller de mode­lado que impartía un maestro de poca imaginación, pero que me abrió la perspectiva de hacer sencillas figuras de barro, yeso, plastilina y eventualmente cemento. Eso fue el principio de mi enamoramiento por hacer figuras y lo que me motivó a entrar a la Academia de San Carlos, que en aquella época ocupaba un bello edificio en el centro histórico de la capital. Desgraciadamente mi estancia en la Academia de San Carlos fue breve y aprendí poco. El maestro no hizo impacto en mi vida, pues no recuerdo ni su nombre ni su imagen. Lo que sí recuerdo es que los pintores se quejaron ante las autoridades de la suciedad que producíamos los escultores. A raíz de ello, decidieron movernos al patio de una vecindad en la misma calle, donde trabajamos en el peor ambiente que es posible imaginar. El patio era grande, sucio y sólo contaba con un pequeño cuarto para guardar nuestras cosas. Además, hacia él daban muchos departamentos y las mujeres col­gaban ropa en tendederos que lo atravesaban. El número de estudiantes era variable, alrededor de diez hombres y mujeres. No había modelo vivo y poco apoyo del instruc­tor. Allí nacieron mis primeras esculturas, muy primitivas y modestas. He de admitir que no tuve la tenacidad para trabajar en esas circunstancias y avancé muy poco en mi formación como escultor.

Entonces decidí trabajar en mi casa, donde, si bien el espacio y los recursos eran modestos, sentí que progre­saba lentamente y tuve la satisfacción de lograr algunas piezas que eventualmente consideré que valían la pena. Mi condición física fue un obstáculo adicional el cual tuve que vencer con voluntad e ingenio. No tenía dinero para pagar a un ayudante, así que instalé unas poleas en el te­cho para levantar objetos pesados que no soportaban mis brazos. Terminar una pieza era un logro que me daba sa­tisfacción y confianza para emprender la elaboración de otra más complicada. En general comenzaba por hacer un esqueleto de alambre galvanizado que envolvía con tiras de tela mojadas en yeso. Así lograba una especie de borrador que se autosostenía sobre una tabla.

Afortunadamente disfruté los estudios de licenciatura. Fui un chamaco cabezón, amigable con mis compañeros, quienes me pusieron el apodo de "El Sabio", el cual per­maneció durante muchos años. Más tarde, tuve la fortu­na de ser invitado por un profesor para colaborar como técnico en el Instituto de Física de la Universidad Nacional Autónoma de México, que en aquel entonces se aloja­ba en unas cuantas aulas del Palacio de Minería. En esa época se estaba construyendo la Ciudad Universitaria en el Pedregal de San Ángel. Una vez allí, me tocó llegar en autobús hasta el monumento a Álvaro Obregón y de ahí en adelante caminar hasta un pabellón que se construyó gracias a un donativo personal del presidente de la Repú­blica. Es decir, yo entré de overol a la Universidad y --a través de años de estudio y trabajo-- llegué a ser investi­gador. Mi trabajo científico empezó con el interés en los bellos cristales de estructura atómica muy sencilla, que la madre naturaleza ha hecho desde el principio del tiempo.

Naturalmente, el intenso trabajo profesional me man­tuvo alejado de la escultura, y durante muchos años tuve que conformarme con admirar la obra de otros artistas. Desde el punto de vista de mi formación como artista, éstos no fueron años perdidos, pues si bien trabajé muy poco en la fabricación de piezas propias, visité muchos museos y galerías de arte. He de decir que en esos años estaba dispuesto a permanecer tantas horas como fue­ran necesarias para admirar cuidadosamente los acervos de cuanto museo y galería estuvieran a mi alcance. Por supuesto eso no era una tarea, sino un deleite, y gozaba intensamente dichas visitas. La única restricción en este caso era el cansancio físico que producía andar de un lado a otro, o permanecer largo tiempo parado admiran­do cada pieza. En realidad visitaba las galerías de arte y los museos con la mentalidad de ir a una biblioteca: que­ ría consultar y pensar profundamente cómo los autores de las esculturas que me impresionaban habían concebi­do y ejecutado sus obras.

En aquella época fui honrado con una beca del Con­sejo Británico para hacer un posgrado, lo que me permi­tió involucrarme en el ambiente académico inglés, el cual respetaba y admiraba de tiempo atrás por haber leído tra­bajos de distinguidísimos  académicos, también europeos, que hicieron valiosas contribuciones al conocimiento de la humanidad. En camino a Inglaterra, con mi esposa y mi pequeña hija, pasé unos días en Nueva York que me permitieron visitar el memorable Museo Metropolitano y otras colecciones. Me llamaron la atención las colecciones en casas de personas adineradas que reunieron escultu­ras, pinturas y otros objetos de gran belleza para después donados para la admiración del pueblo. Embarcamos hacia Gran Bretaña. El Consejo Británico nos encontró alojamien­to en Londres, situado estratégicamente para poder visitar el Museo Británico y admirar sus enormes esculturas asirias y la impresionante colección de arte egipcio y griego, paí­ses que eventualmente tuve la enorme fortuna de visitar.

Siempre he gustado de la danza. He sido un gran ad­mirador del trabajo del Taller Coreográfico de la UNAM, que creó y dirige la entusiasta maestra Gloria Contreras. Tuve la fortuna de establecer una cordial amistad con Gloria, quien ocasionalmente me invitaba a los ensayos, donde observé a bailarinas y bailarines muy selectos, es­tudiando sus formas y proporciones. Estas bellas figuras fueron una oportunidad para admirar el cuerpo humano en posiciones particularmente estéticas, dejándome inquie­tudes y conceptos que más tarde materialicé en esculturas.

Después de formar un valioso grupo dedicado al estu­dio de la física del estado sólido en la UNAM, fui invitado a fundar y dirigir la Universidad Autónoma Metropolitana en su Unidad Iztapalapa. Esta tarea me interesó fuerte­ mente y dediqué todo mi esfuerzo a la formación de una nueva universidad pública con ideas modernas. Los días estaban llenos de trabajo, pero en la naciente Universidad Autónoma Metropolitana fundé un taller libre de escultu­ra para estudiantes y personal.

La Unidad Iztapalapa de la UAM se fundó en una de las regiones más pobres y subdesarrolladas de la Ciudad, teniendo como base una institución educativa que es un poderoso factor de desarrollo económico y social. Una expresión personal de estas condiciones fue la pieza es­cultórica "Surgiendo de las Ruinas". La idea de esta pieza consiste en mostrar a una mujer saliendo de la pobreza. El original de esta pieza lo hice en cera y en su oportuni­dad lo mandé fundir en bronce. La composición se hizo en muchas superficies unidas entre sí, pero sin mostrar continuidad, simbolizando las etapas del progreso de una comunidad que se esfuerza por contribuir al mejoramien­to de su medio. No todas las acciones están conveniente­mente vinculadas, pues el progreso no es siempre homo­géneo en todas las áreas de actividad.

Para un escultor el arte es armonía y sencillez. Un es­cultor interpreta el arte de acuerdo con su propia per­sonalidad y experiencia. Pasa la vida en búsqueda de la belleza, y el éxito se logra con la mayor sencillez posible a través de la búsqueda, la imaginación y el ensayo. Ahora, en los años postreros de mi vida, he reflexionado y he sin­tetizado el siguiente pensamiento: la investigación cientí­fica también debe ser armónica y sencilla. Por fortuna no es demasiado tarde para disfrutar intensamente la belleza de la ciencia, ni tampoco para conocer cuán afortunado he sido de pasar buena parte de mi vida vinculado a esta actividad naturalmente hermosa. Como todo ser humano, he tenido que vencer serios obstáculos para progresar en mi desarrollo, pero afortunadamente siempre he tenido la convicción de que vale la pena esforzarse para progresar y eso me ha permitido lograr una profunda alegría de vivir.