Alonso Fernández González, el escultor

Enviado por mfg el Vie, 06/12/2019 - 15:45

por Alonso Fernández Guasti

Mi padre, Alonso Fernández González, me enseño a apreciar el arte. Desde que yo era pequeño, en compañía de la familia, nos llevó a los museos, a las exposiciones y, en general, nos interesó por la cultura. Recuerdo con especial cariño y entusiasmo las innumerables visitas a los recién inaugurados Museo Nacional de Antropología y Museo de Arte Moderno, por allá a mediados de los años sesenta. Su gusto por el arte en general y por la escultu­ra en particular, permeó en mí. Además, naturalmente como científico de profesión, motivó en sus hijos el gusto por la investigación. Le estoy profundamente agradecido por haberme educado con un vasto horizonte de intere­ses que van del placer por el arte al respeto por la ciencia.

Mi padre, siendo casi un niño, estudió escultura en San Carlos por un periodo breve. A continuación, a media­dos de los años cuarenta, tal vez llevado por el surgimiento de un país que demandaba actividades prácticas, ingresó a la ESIME donde estudió ingeniería. Posteriormente hizo el doctorado en física en Manchester, Inglaterra, y a su regreso se incorporó al Instituto de Física de la UNAM del que fue director. Mi padre ha sido un incansable creador de instituciones de educación superior. De la UNAM pasó a ser rector fundador de la UAM-Iztapalapa y, una vez consumado su periodo, creó la primera unidad foránea del Cinvestav en Mérida, Yucatán, combinando la investi­gación científica con el aprovechamiento de los recursos naturales y sociales. Posterior a ello, trabajó en Oaxaca en la construcción de estructuras con probada resistencia sísmica. Dada esta gran responsabilidad académico-administrativa, papá trabajaba de manera esporádica en sus esculturas. Pasaba largos periodos sin" hacer escultura", pero una buena mañana, generalmente del fin de semana, se ponía aten­to y lleno de entusiasmo las trabajaba durante varias horas.

Papá tenía una manera particular de trabajar: ini­ciaba, quizás como la mayoría de los artistas, con una idea. En la mente tenía una clara visión preconcebida de lo que modelaría. Sin embargo, aunque siempre ha sido un excelente dibujante, no hacía bocetos, sino que la re­presentación que surgía de su cabeza se iba plasmando gradualmente en una figura. Papá modelaba físicamente la idea con alambres que formaban el esqueleto de la pieza. Poco a poco, con yeso, plastilina, cera u otro ma­terial moldeable, la escultura -siempre figurativa- iba tomando forma, volumen y finalmente expresión. Como todo artista, se ha interesado por nuevas técnicas que lo han llevado a explorar diferentes materiales. Siendo sus hijos muy jóvenes, invitó a una maestra de artes plásticas -de nombre Rosario Gutiérrez- a que visitara la casa una tarde a la semana, para que bajo su guía "hiciéramos arte"; con ella discutía el uso de diversas metodologías para la elaboración de sus esculturas. A pesar de algunas guías generales adquiridas en San Carlos y de los consejos de colegas y amigos, mi padre ha sido fundamentalmente un escultor autodidacta que ha aprendido a través de la observación larga y cuidadosa de piezas admiradas.

Me atrevería a decir que existieron diversas fuentes de inspiración para la realización de sus esculturas, no obstante la notable unidad estilística. Para la elaboración de algunas de sus esculturas, muchas ideas e incluso mo­delos han provenido de su gusto por la danza contem­poránea. Naturalmente ha admirado la danza clásica, sin embargo, ha gozado y tomado muchas más ideas de las expresiones vanguardistas. Además, sus comprometidos intereses sociales y su incansable vocación por mejorar la calidad de vida de quienes lo rodean, le han invitado a la creación de varias piezas. Por último, mi padre es un hombre entrenado para pensar, analizar y meditar los hechos y la realidad que lo circunda. Esta intensa acti­vidad intelectual ha motivado la realización de algunas bellas esculturas.

La actividad escultórica siempre ha estado presente a lo largo de su vida. Por ejemplo, en un receso sabático en Buenos Aires, Argentina, se inscribió en un taller libre de escultura con modelo, del que surgieron un par de pie­ zas de pequeño formato que me parecen particularmente hermosas. Además, papá siempre aseveró que cuando se retirara de la actividad científico-administrativa, por fin entraría en una etapa en la que dedicaría mucho de su tiempo a hacer escultura, y así lo ha hecho en estos postreros años en Cuernavaca, Morelos.

La admiración que le he profesado como padre, educador de muchas generaciones de jóvenes, artista y, ante todo, como ser humano, me invita a reconocer con asombro cómo con tantas ocupaciones y enormes responsabilidades ha podido, además, realizar estas pre­ciosas esculturas. Mi padre es un hombre completo que ha combinado el desarrollo científico con la creatividad artística de una manera balanceada y armónica. Él, con su inmensa sabiduría, ha logrado comprender y transmitir que en ambas actividades hay análoga belleza.